Este verano voy muchos ratos sola a la playa. Siempre me ha gustado el mar y quien me conoce bien lo sabe. Me gusta ir con amigas, pero no tengo ningún problema en ir sola, con la única compañía de mi toalla, mi tumbona y un libro. Allí me evado y me sumerjo en la historia que toca en ese momento. Es uno de mis mayores placeres en la vida.
El caso es que una de las consecuencias de estar en silencio es que escuchas todas las conversaciones que se mantienen a tu alrededor. Muchas veces me distraen y dejo de leer por un rato, centrándome en lo que oigo. Me resulta divertido imaginar como es la vida de esas personas a las que no conozco de nada simplemente escuchando lo que dicen. Parece mentira, pero las personas damos muchos datos de nuestra vida sin darnos cuenta de nos oye todo el que esté a nuestro alrededor. La mayoría de las veces son datos irrelevantes y conversaciones sin trascendencia, pero recuerdo que en cierta ocasión escuché como criticaban a alguien a quien conozco sin imaginar que esas palabras que pronunciaban podían llegar a oídos del afectado. Afectado que, por otra parte, no se enteró del asunto porque pensé aquello de: "ojos que no ven (u oídos que no escuchan, en este caso) corazón que no siente" y decidí guardarme para mí todo cuanto había escuchado. Discreta que es una.
Pero lo que quería escribir aquí hoy es lo que viví hace un par de días. No me gustó, me resultó incómodo y, sobre todo, me dolió el daño que se hizo como siempre a los más inocentes. Os cuento:
Llevaba allí aproximadamente una hora cuando se me situó casi al lado una familia compuesta por el padre, la madre y dos hijas de aproximadamente 8 y 12 años. Me llamaron la atención desde el primer momento, puesto que venían medio discutiendo por el uso de dos tumbonas que traían consigo. Lo primero que escuché fue a la madre decirle a las hijas algo así como: "A ver si os creéis que vengo yo cargando con la silla desde el aparcamiento para dejaros ahora sentaros a vosotras".
Bueno, hasta ahí nada anormal. Yo misma he podido decirle a mi hija algo así en más de una ocasión. Pero es que durante todo el rato en que se estuvieron acomodando, sacando toallas, sombrilla y demás, la madre no paraba de quejarse y de reprender a las dos niñas que también hablaban, pero en voz más baja. Esa mujer parecía estar agobiada, cansada o deprimida. Mal comienzo teniendo en cuenta que iba a pasar un día de ocio en la playa y no a trabajar precisamente. Les dejé terminando de acomodarse y me levanté para dar una vuelta por la orilla del mar y meter un poco los pies. Cuando regresé al cabo de quince o veinte minutos me chocó que la mujer siguiera discutiendo, esta vez con el padre de las niñas. Ella estaba en una de las tumbonas y la hija pequeña en la otra. Por su parte, él y la niña mayor estaban sentados en sendas toallas en la arena. La discusión iba subiendo de tono y seguía siendo por el uso de las dos tumbonas. El padre, con bastantes malos modos, le estaba reprochando a la madre que no compartiera la silla con los demás. Le dijo en voz bastante alta frases del tipo: "¿tú de qué vas?", "las sillas también son mías" y "vaya una forma de educar a tus hijas, no enseñándoles a compartir". Esta última frase me pareció una puñalada en toda regla teniendo en cuenta que lo soltaba delante de las propias niñas. La mujer también iba elevando el tono de sus reproches hasta el punto de llegar a gritar y me percaté de que no era yo la única que observaba la discusión, sino todos los que estábamos alrededor de ellos. Ninguno de los dos cedía y no avanzaban, solo repetían una y otra vez lo mismo hasta que ella le dijo en voz muy alta que era "gilipollas".
Observé a las niñas. Me sentí mal por ellas. La pequeña miraba al mar seria y en silencio y la mayor empezó a rogar a sus padres que se callaran. "Ya vale, callaos ya", repitió en varias ocasiones. Pero los borregos de sus padres, lejos de escucharla, seguían discutiendo como si nada. Imagino que esa niña sentía vergüenza por la escena que estaban montando sus padres en plena calle, pero sobre todo sentiría tristeza, angustia e incertidumbre. Pensé por un instante en acercarme a ellos y decirles que flaco favor le estaban haciendo a sus dos hijas. Pero, ¿para qué? ¿para que no me escuchen a mí tampoco o para que me digan que me meta en mis asuntos? Pues eso. Que me desahogo contándolo aquí.
Yo no sé si esta pareja terminará por separarse. Pero siempre que leo algo sobre divorcios, separaciones e hijos y sobre que estos últimos tienen comportamientos anormales cuando sus padres deciden poner fin a su relación pienso en lo que fue mi propio divorcio. Recuerdo que mi hija tenía 13 años por entonces y puedo asegurar que su comportamiento siempre ha sido intachable. Antes y después de producirse la separación. Pero es que a ella le explicamos claramente el cómo y el por qué nos separábamos. Y, fundamentalmente, puedo decir con la cabeza bien alta que mi hija nunca escuchó una discusión entre su padre y yo, ni un reproche del uno hacia el otro ni durante el proceso ni posteriormente. Era una niña feliz y sigue siéndolo ahora, conmigo o con su padre. Y cuando veo casos como este de la playa no puedo por menos que sentirme muy orgullosa de nosotros.
viernes, 25 de agosto de 2017
domingo, 12 de marzo de 2017
MARÍA ORUÑA
Para los que nos gusta leer y escribir la literatura es algo tan esencial como comer o respirar. Cuando un buen libro te atrapa en sus páginas, hace que formes parte de la historia y te dejas transportar a otra época o lugar o ambas cosas, durante el tiempo que estás inmerso te olvidas de todo aquello que añoras o te preocupa. Para mí leer es motivación, es ilusión, es algo que me espera. Es un lugar a donde ir.
Y precisamente esa última frase es el título de la última novela de la gallega (un poquito reivindicada como nuestra por los cántabros) María Oruña. Porque tanto "Un lugar a donde ir" como su anterior novela: "Puerto escondido" están ambientadas en Cantabria y la autora describe de una forma absolutamente fascinante muchos pueblos y comarcas de nuestra Comunidad Autónoma.
Pero no solo por eso os vais a enamorar de estos dos libros que hoy me gustaría recomendaros, no. También por sus elaboradas tramas, por sus personajes y por una narrativa que te engancha desde la primera página a la última y que no te permite disfrutar del libro despacito, al ritmo que te gustaría, sino que quieres más y más y es imposible hacerlo durar.
Mientras esperamos y damos tiempo a que María Oruña nos vuelva a sorprender con su tercera novela, no dejéis de leer "Puerto Escondido" y "Un lugar a donde ir".
Y es que no solo los escritores nórdicos saben hacer maravillosa la novela negra. En nuestro país hay grandes autoras que están poniendo el listón verdaderamente alto.
Y precisamente esa última frase es el título de la última novela de la gallega (un poquito reivindicada como nuestra por los cántabros) María Oruña. Porque tanto "Un lugar a donde ir" como su anterior novela: "Puerto escondido" están ambientadas en Cantabria y la autora describe de una forma absolutamente fascinante muchos pueblos y comarcas de nuestra Comunidad Autónoma.
Pero no solo por eso os vais a enamorar de estos dos libros que hoy me gustaría recomendaros, no. También por sus elaboradas tramas, por sus personajes y por una narrativa que te engancha desde la primera página a la última y que no te permite disfrutar del libro despacito, al ritmo que te gustaría, sino que quieres más y más y es imposible hacerlo durar.
Mientras esperamos y damos tiempo a que María Oruña nos vuelva a sorprender con su tercera novela, no dejéis de leer "Puerto Escondido" y "Un lugar a donde ir".
Y es que no solo los escritores nórdicos saben hacer maravillosa la novela negra. En nuestro país hay grandes autoras que están poniendo el listón verdaderamente alto.
miércoles, 27 de enero de 2016
DETENER EL TIEMPO
Una fría madrugada de enero. Aún no son las seis. Un aeropuerto. Gente que va y viene, abrigados, con maletas. Saludos y despedidas se entremezclan en el ambiente. Contrastan la alegría de los que llegan y son recibidos con efusividad por quienes han ido a recogerlos con la tristeza de los que se despiden. Hace apenas tres días yo era del primer grupo y en estos momentos pertenezco al segundo. Qué rápido han pasado esas poco más de setenta y dos horas... Si pudiéramos detener el tiempo...
Salgo del aseo y tú estás sentado de espaldas en un banco. Me acerco por detrás y te observo sin que aún puedas verme. Un chico alto con un gorro azul de lana, cabizbajo, semblante serio, mirada perdida. Triste. Eres la fiel imagen de la tristeza y el desconsuelo. Resignado, como lo estoy yo que seguramente desprendo la misma imagen de pena.
Llego hasta donde estás y permanezco de pie a tu lado. Te abrazo mientras sigues sentado y apenas levantas la mirada. Ninguno de los dos dice nada. No hace falta. Respondes con fuerza a mi abrazo. Me aprietas como si quisieras retenerme para siempre. Como si así pudieras evitar que me marche en ese avión al que ya tengo que embarcar. Ay, si fuera tan fácil...
Te susurro al oído solo dos palabras. Dos palabras que duelen: "Me voy". Dos palabras que me gustaría no tener que pronunciar. Pero la realidad se impone y ambos lo sabemos. Te levantas, me das la mano y así cogidos de ella nos acercamos al control de seguridad. Las lágrimas afloran a mis ojos y, como siempre, trato de contenerlas sin conseguirlo. "Va, tonta, venga..." me dices mientras me besas y vuelves a abrazarme fuerte a la vez que tú mismo intentas evitar llorar también. Una más. Otra despedida más.
Permaneces junto a las cintas observándome de lejos hasta que he pasado el control. Recojo mis cosas y te busco con la mirada entre más personas que también despiden a alguien. Me dices adiós con la mano y vocalizas un "Te amo". Te imito y te lanzo un beso.
Adiós, amor. Hasta pronto.
domingo, 27 de diciembre de 2015
LA DEVOCIÓN DEL SOSPECHOSO X
¿Puede una novela sobre un crimen mantener la intriga hasta el final cuando desde el principio se conoce la identidad del asesino? ¿Cuando el autor nos detalla perfectamente el escenario, la acción y los personajes que intervienen en el homicidio y posterior ocultamiento del cadáver?
La respuesta es sí. Esta novela del japonés Keigo Higashino que se desarrolla en Tokio me ha sorprendido muchísimo y me ha tenido enganchada a su lectura de principio a fin por su cadencia, por su manera de redactar tan fluida y sobre todo por su originalidad. Ishigami, el protagonista, es un genio de las matemáticas cuya capacidad de amar resulta ser aún superior a su elevadísimo coeficiente intelectual.
Una delicia de libro para quienes disfrutan de la novela negra. Algo diferente a todo lo que se ha escrito sobre este tema.
La respuesta es sí. Esta novela del japonés Keigo Higashino que se desarrolla en Tokio me ha sorprendido muchísimo y me ha tenido enganchada a su lectura de principio a fin por su cadencia, por su manera de redactar tan fluida y sobre todo por su originalidad. Ishigami, el protagonista, es un genio de las matemáticas cuya capacidad de amar resulta ser aún superior a su elevadísimo coeficiente intelectual.
Una delicia de libro para quienes disfrutan de la novela negra. Algo diferente a todo lo que se ha escrito sobre este tema.
martes, 8 de diciembre de 2015
LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS
Siempre que pienso en libros que me han impactado o marcado de alguna manera me viene a la cabeza esta maravillosa novela de Torcuato Luca de Tena que leí hace casi veinte años. Por eso, sin duda alguna merece una entrada en este blog para aportar mi pequeñísimo granito de arena animando a su lectura. Digo pequeñísimo porque es infinitesimal la aportación que yo puedo hacer a una obra tan grande y reconocida.
Destacaría también al resto de personajes que intervienen en la obra, así como la descripción del ambiente que se vive dentro del hospital psiquiátrico donde como puede suponerse hay personalidades de todo tipo.
Combina intriga, drama, emoción... es tan completa que no sé por dónde empezar a describirla. Para el que no sepa de qué va, la historia comienza cuando Alice es ingresada en un sanatorio mental. Y desde ese mismo momento, el autor juega al despiste con el lector porque la razón de ese internamiento tiene dos versiones completamente contrapuestas: Por un lado, la del médico que ha tratado a Alice quien en una carta explica que padece una enfermedad paranoide que le lleva a tratar de atentar contra la vida de su marido. Por el otro, la de la propia interna quien (en su delirio, según los expertos) cree ser una investigadora privada a cargo de un equipo de detectives que debe resolver un complicado caso y para eso se ha prestado a esa farsa y ha aceptado su ingreso.
Así, durante toda la novela, el autor no da tregua al lector, confundiéndole una y mil veces valiéndose para ello de un personaje tremendamente complejo e inteligente en sus acciones y razonamientos. Alice Gould es una mujer que no deja indiferente a nadie. Casi adictiva, me atrevería a decir.
Destacaría también al resto de personajes que intervienen en la obra, así como la descripción del ambiente que se vive dentro del hospital psiquiátrico donde como puede suponerse hay personalidades de todo tipo.
Impresionan de manera escalofriante algunas escenas mientras que otras enternecen, angustian, entristecen o emocionan... o todo a la vez. El autor convivió durante un tiempo en un sanatorio mental mientras preparaba documentación para escribir la novela y seguramente por eso supo reflejar con tanto realismo el acontecer de los días allí dentro a los ojos de su protagonista.
Merece todo mi respeto y admiración Torcuato Luca de Tena por su excepcional trabajo en éste y otros libros suyos que también he leído posteriormente. Para mi humilde opinión como lectora, un libro magistral.
domingo, 6 de diciembre de 2015
LA VIDA CUANDO ERA NUESTRA
"Añoro la vida cuando era nuestra".
Genial. Una oración tan corta y que a la vez esconda tanto significado.
Es lo que comenta Lola, una de las protagonistas de esta entrañable novela de Marian Izaguirre.
Acabo de terminarla, es la primera que leo de esta autora y sin duda no será la última, porque me ha emocionado y me ha hecho sentir. Y eso es, en definitiva, lo que buscamos cuando nos metemos entre las páginas de un libro.
Refleja magistralmente el ambiente social de la España de 1950 y sus dos personajes principales, Lola y Alice, tan diferentes y a la vez tan iguales, enamoran al lector por sus grandes virtudes, cada una a su manera.
Juntas y a lo largo del libro, descubrirán la vida de Rose, una niña que nace a principios del siglo XX y cuya fascinante historia las unirá para siempre.
Genial. Una oración tan corta y que a la vez esconda tanto significado.
Es lo que comenta Lola, una de las protagonistas de esta entrañable novela de Marian Izaguirre.
Acabo de terminarla, es la primera que leo de esta autora y sin duda no será la última, porque me ha emocionado y me ha hecho sentir. Y eso es, en definitiva, lo que buscamos cuando nos metemos entre las páginas de un libro.
Refleja magistralmente el ambiente social de la España de 1950 y sus dos personajes principales, Lola y Alice, tan diferentes y a la vez tan iguales, enamoran al lector por sus grandes virtudes, cada una a su manera.
Juntas y a lo largo del libro, descubrirán la vida de Rose, una niña que nace a principios del siglo XX y cuya fascinante historia las unirá para siempre.
sábado, 24 de octubre de 2015
LA LEYENDA DE NÁYADE
Últimamente tengo menos tiempo libre y es por ello que llevo más de un mes sin publicar ninguna entrada. Sin embargo, llevo días pensando en compartir una leyenda que escribí hace ya unos años para el número de Sede que se dedicó a la mitología. Yo me decanté por la mitología cántabra y así surgió Náyade, una anjana que habitó nuestros bosques hace muchos, muchos años...
Esta historia en su origen no se escribió para niños, sino para adultos. Sin embargo, al poco tiempo de publicarse en Sede y coincidiendo con la celebración del Día del Libro, me llamaron de un colegio para invitarme a leérsela a los alumnos. Acepté encantada y fue sin duda una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Espero que os guste.
Empezó explicándole que las anjanas son las hadas buenas que habitan el bosque y cuya principal finalidad es ayudar a las personas que se pierden en él. Son pequeñas, apenas miden medio metro, y de piel muy blanca, con largos cabellos rubios que llevan recogidos en trenzas. Tienen unas pequeñas alas casi transparentes y van vestidas con una túnica blanca con reflejos brillantes. Siempre llevan una vara de mimbre verde con una estrella en la punta y una botella con una bebida que cura a los enfermos. Son capaces de transformarse en lo que quieran e incluso hacerse invisibles. Tienen la capacidad de ayudar a las buenas gentes pero también de castigar a quien comete maldades. Sus poderes son muy numerosos, pero ellas también pueden ser castigadas. Sobre todo si se enamoran de un humano, algo que tienen terminantemente prohibido.
Un día, buscando plantas medicinales, la nostalgia le hizo
volver al lugar donde lo conoció. Para su sorpresa, Pedro estaba ahí también,
recogiendo frambuesas. Náyade lo vigiló escondida entre las ramas de los
árboles sintiendo como el corazón le latía intensamente. Su primera reacción
había sido abalanzarse sobre él y abrazarlo. ¡Lo necesitaba tanto…! Pero se
contuvo y ni siquiera se transformó en humana. Se conformó con observarlo en la
distancia hasta que él se alejó lentamente. Cuando al día siguiente ella volvió
a aquel lugar, algo le decía que él estaría allí de nuevo. No se equivocaba.
Comprobó día a día que él jamás faltaba a la cita. Era como si esperase
encontrarse allí de nuevo con ella. Náyade comprendió que Pedro tampoco había
logrado olvidarse de ella. Por un lado deseaba con toda su alma volver con él,
pero temía más las posibles consecuencias. Sentía temor de las represalias que
tendrían si llegaba a saberse su relación, pero tenía más miedo aún de contarle
a Pedro toda la verdad a esas alturas, pasado ya tanto tiempo. Temía que él la
odiase al pensar que solo se había burlado de él. Empezó a ir a diario y a observarlo
de lejos con su apariencia de anjana, pero el verlo así, sin tener contacto con
él le hacía más y más daño. Náyade no sabía qué hacer. Era la primera vez en su
vida que renegaba de sus poderes y de su esencia como anjana. Si hubiese sido
humana, las cosas hubiesen sido tan sencillas…
Esta historia en su origen no se escribió para niños, sino para adultos. Sin embargo, al poco tiempo de publicarse en Sede y coincidiendo con la celebración del Día del Libro, me llamaron de un colegio para invitarme a leérsela a los alumnos. Acepté encantada y fue sin duda una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Espero que os guste.
Sonó la sirena que indicaba el final de las clases. Al
instante, un torrente de niños corriendo con sus mochilas a la espalda empezó a
invadir el patio del colegio, mezclándose con los padres, hermanos mayores,
tíos y abuelos que les esperaban para acompañarlos de vuelta a casa. Un
griterío caótico de saludos, despedidas y carcajadas hizo sonreír a la abuela
que ya veía a Anjana dirigirse hacia ella, saludándole a lo lejos agitando las
manos y mostrándole algo que traía en ellas, seguramente algún mural o dibujo
representativo del otoño, estación que acababa de comenzar.
La niña saludó efusivamente a su abuela con un fuerte abrazo
al llegar hasta ella y comenzó, como cada tarde, su relato detallado de todo lo
que habían hecho ese día en el colegio. La mujer, riendo, le recomendó por
enésima vez que le hablase más despacio, sin atropellarse y en voz un poquito
más baja. Pero Anjana, con el entusiasmo y la energía de sus siete añitos, era
incapaz de contener la emoción.
“¡Mira, abuela! Hemos hecho un mural del otoño y la
profesora nos ha dicho que este fin de semana tenemos que ir al bosque y pegar
en él hojas secas y castañas… y nos ha contado que sobre los bosques de
Cantabria hay leyendas que hablan de hadas y duendes y… ¿sabes qué, abuela? Me
ha dicho que YO tengo un nombre de hada, ¡¡un nombre de hada de Cantabria,
abuela!! ¿Tú crees que si me concentro mucho mucho tendré poderes como las
hadas de los cuentos? Abuela… ¿tú sabías que las hadas también se llamaban
Anjana, como yo?”
Cuando al fin la pequeña hizo una pausa, la mujer le aseguró
que ella misma le acompañaría al día siguiente al bosque y que le llevaría a un
lugar especial donde, aparte de ayudarle a buscar los frutos del otoño que
necesitaba para su mural, le contaría un bonito cuento sobre hadas y duendes y
le enseñaría un secreto que conocían muy pocas personas.
“Tú ya eres mayor, Anjana, y a ti te lo puedo contar. Pero
debemos ir pronto, en la madrugada, que es el único momento del día en que puede
verse ese secreto”.
La niña le escuchaba muy seria, con los ojos abiertos de par
en par y las mejillas enrojecidas de excitación.
Esa noche le costó conciliar el sueño y cuando al fin cayó
rendida de cansancio, soñó durante horas con hadas que hacían magia y se
llamaban como ella y con duendes que hacían desaparecer a las brujas malas del
bosque.
Al alba le despertó su abuela para cumplir con lo que le
había prometido. Anjana, que normalmente era dormilona y perezosa para
levantarse de la cama, ese día no protestó lo más mínimo por el madrugón, a
pesar de que aún no eran ni las seis de la mañana. Desayunaron juntas mientras
la niña no dejaba de hacer preguntas a su abuela sobre las hadas que habitaban
los bosques de Cantabria. Le había causado una gran sensación el enterarse de
que su nombre era el de un hada, precisamente. Y su abuela le aclaró que,
aunque las anjanas son hadas, no todas tienen ese nombre propio. Y de camino
hacia el bosque, la mujer empezó a contarle la leyenda de Náyade, que era una
de esas anjanas que había vivido en ese bosque hacía algunos años.
Empezó explicándole que las anjanas son las hadas buenas que habitan el bosque y cuya principal finalidad es ayudar a las personas que se pierden en él. Son pequeñas, apenas miden medio metro, y de piel muy blanca, con largos cabellos rubios que llevan recogidos en trenzas. Tienen unas pequeñas alas casi transparentes y van vestidas con una túnica blanca con reflejos brillantes. Siempre llevan una vara de mimbre verde con una estrella en la punta y una botella con una bebida que cura a los enfermos. Son capaces de transformarse en lo que quieran e incluso hacerse invisibles. Tienen la capacidad de ayudar a las buenas gentes pero también de castigar a quien comete maldades. Sus poderes son muy numerosos, pero ellas también pueden ser castigadas. Sobre todo si se enamoran de un humano, algo que tienen terminantemente prohibido.
Náyade era una anjana un tanto peculiar. Era bondadosa, como
todas las anjanas, pero también era coqueta, traviesa y juguetona. A pesar de
las enseñanzas de las maestras anjanas que insistían en que el poder de cambiar
de forma solo debía utilizarse en ocasiones excepcionales, a Náyade le encantaba
transformarse en humana para entablar conversación con los que encontraba por
el bosque. Lo había hecho desde pequeña, para jugar con niños y niñas que iban
los domingos en familia a pasar el día al aire libre y lo seguía haciendo de
mayor, transformándose en una mujer y así tener la posibilidad de hablar
libremente con cualquier humano que se encontraba.
Un día, paseando sola por el bosque, escuchó unos sonidos de
pisadas. Precavida, se escondió entre las ramas de los árboles por si se
trataba del peligroso ojáncano, el ogro más temido de aquellos parajes y que
destruía todo cuanto se encontraba a su paso. Aliviada, comprobó que solo se
trataba de un joven que caminaba cojeando y mirando despistado a su alrededor.
Una vez más, Náyade utilizó su magia para transformarse en una muchacha y poder
entablar conversación con él, quien pareció aliviarse al encontrar a alguien
por allí. Le explicó que había salido a recoger setas pero se había caído y
lastimado un tobillo y además se encontraba desorientado y no sabía regresar a
su casa. Ella le hizo sentarse en el suelo y, con gran facilidad y empleando
solo unas plantas que recogió por allí cerca, le redujo la inflamación del
tobillo aliviándole al momento. Después, espontáneamente, iniciaron una
conversación muy fluida. Él le contó que vivía con sus padres, trabajaba de
carpintero y le gustaba mucho recoger setas, castañas, nueces y otros frutos,
por lo que solía salir a menudo por aquel bosque, aunque nunca se había alejado
tanto de su casa. Ella improvisó una historia, siguiendo el juego que hacía
otras veces, para hacerse pasar por una joven enamorada de la naturaleza a
quien le gustaba pasear al aire libre. Para justificar su conocimiento sobre
las propiedades curativas de las plantas, inventó que era nieta de una
curandera que le había enseñado muchos remedios naturales. Cuando se dieron
cuenta, ya empezaba a anochecer. Se habían sentido tan a gusto con la charla
que se les pasó la tarde volando y Náyade pensó que sus compañeras las anjanas
estarían preocupadas con su tardanza, así que se disculpó con él no sin antes
indicarle el camino de regreso a su casa.
Náyade, como todas las anjanas, vivía en una gruta bajo un
manantial y de regreso a su casa iba pensando con pesar que seguramente no
volvería a ver a aquel joven tan agradable y en cuya compañía se había sentido
tan bien que en ningún momento le había parecido un desconocido. Al contrario,
sentía como si le conociese desde hace mucho tiempo. Era una sensación extraña,
dulce, que ella no había tenido antes con ninguno de los humanos que había
conocido.
Sin embargo, el hada se equivocaba. La tarde siguiente,
mientras recogía unas plantas para preparar sus brebajes curativos, volvió a
encontrárselo en el bosque. Náyade, de nuevo transformada en una joven
muchacha, volvió a pasar la tarde en compañía del chico. De nuevo hablaron de
mil temas diferentes, sentados entre los árboles y de nuevo se les pasó el
tiempo volando. El muchacho dijo llamarse Pedro y, Náyade, temerosa de
despertar en él sospechas ante un nombre propio de un hada, cambió el suyo por
uno más común: María.
A partir de entonces, cada tarde, Pedro y Náyade se buscaban
en el bosque. Se hicieron amigos, se contaban sus cosas y sentían cada vez más
afinidad el uno por el otro. Poco a poco, casi sin darse cuenta, su amistad se
fue transformando en algo más intenso. Pedro estaba feliz de expresar sus
sentimientos a quien él conocía como María, pero Náyade sentía una gran
preocupación. Se estaba enamorando de un humano y era consciente de que no le
estaba permitido, pero, además, se sentía mal por él. Sus pequeñas mentiras
iniciales se fueron haciendo más y más grandes a medida que la relación
avanzaba y era incapaz de confesarle al joven toda la verdad. Se había metido
en un embrollo del que no sabía cómo iba a salir. Su cabeza le decía que debía
alejarse de él inmediatamente, pero su corazón se negaba a obedecerla. Y así
pasaban los días, con encuentros clandestinos, besos robados y sintiendo cada
vez más amor y pasión el uno por el otro.
A medida que fue conociendo a Pedro y se fue dando cuenta de
los valores que él tenía como persona, Náyade se iba sintiendo peor. Se sentía
una especie de estafadora, una mentirosa que había hecho lo peor que puede
hacer un hada: utilizar sus poderes en beneficio propio y encima estaba
engañando gravemente a alguien a quien quería con todo su corazón. Por otro
lado, estaba cada vez más preocupada por si las anjanas supremas llegaban a
conocer la relación que había entre ellos, puesto que en ese caso serían los
dos castigados con una maldición que les impediría ser felices por toda la
eternidad. Así, armándose de valor un día, decidió cortar la relación con Pedro
confiando en que él la olvidaría con el tiempo y lograría ser feliz junto a una
humana.
Para justificarse, se inventó una mentira más. Le dijo que
su familia había decidido trasladarse muy lejos y que no podrían volver a verse
jamás. El joven, desconcertado, no entendía por qué María lo apartaba así de su
vida y, tras insistir un buen rato en el amor que se sentían, se dio por
vencido al comprobar la firmeza de la decisión de la chica.
Náyade se alejó llorando. Nunca en su vida se había sentido
tan infeliz, pero sabía o al menos creía que había tomado la decisión correcta.
El tiempo les haría olvidar, puesto que su relación era imposible. Los días
siguientes la anjana no fue a su lugar de encuentro y trató de estar ocupada en
mil cosas para no sentirse tan vacía. Así fue pasando el tiempo, pero sentía
que era incapaz de olvidarle. Náyade sabía que Pedro siempre iba a estar en su
corazón, puesto que con su manera de ser se había hecho un hueco muy adentro
del que nada ni nadie le sacaría jamás. Aprendió a vivir de sus recuerdos y así
fueron pasando los meses.
Un día, mientras lo espiaba tras unas ramas, vio como un
lobo aparecía de repente atacando a Pedro. Sin dudar un segundo, Náyade salió
de su escondite y con un hechizo paralizó al lobo y lo hizo desaparecer. Se
quedó frente a frente con Pedro quien la miraba maravillado entre el susto y el
desconcierto. Sus piernas temblaban y no lo sostenían. Se sentó, respirando
agitado y dándole las gracias. Ella, que estaba tan nerviosa como él, deseaba
besarlo, tranquilizarlo, pero sabía que ahora era una completa desconocida para
el muchacho. Así que se limitó a sentarse a su lado, en silencio. Pasado el
susto, comenzaron a hablar y el joven le confesó que había escuchado mil
historias sobre anjanas en aquellos bosques pero que era la primera vez que se
encontraba con una. Entonces Náyade no pudo contenerse más. Rompió a llorar y
entre hipos le reveló que ella era María y le contó toda la verdad: lo que
sentía por él, la maldición que pesaba sobre las anjanas si se enamoraban y el temor
que le había hecho alejarse de él. Pedro escuchó en silencio toda la
explicación de Náyade. Se sentía defraudado, engañado, burlado… pero no le
recriminó nada. Su gran corazón y el amor que aún sentía por ella le impedía
hacerlo. Se levantó lentamente y sin mediar palabra se alejó de allí en
dirección a su casa.
Esa noche, Náyade apenas pudo conciliar el sueño. Necesitaba
que Pedro le perdonase todo el mal que le había hecho. Ahora ya entendía que su
lugar estaba junto a él y que estaba dispuesta a enfrentarse a cualquier
maldición que pudiera caer sobre ellos, pero temía que él no quisiera ya saber
más de ella y no sabía cómo hacer para volver a llegar a su corazón. Al día
siguiente, volvió al mismo lugar. A su rincón secreto, donde habían pasado tantas
horas amándose en el pasado. Pero Pedro no estaba. Derrotada, Náyade se dejó
caer en el suelo, pensando que jamás volvería a verlo. Pasó unas horas entre
recuerdos que le hacían llorar, sintiéndose más desgraciada que nunca y
pensando que en el fondo se lo tenía bien merecido, por haber hecho las cosas
tan mal desde el principio. Cuando se levantó y se disponía a marcharse,
escuchó unos ruidos entre la maleza y al mirar en esa dirección vio cómo Pedro
se dirigía hacia ella.
El joven había sabido comprender al hada y a pesar de que en
un primer momento había pensado en alejarse de ella para siempre, al final se
había dado cuenta de que el amor que había entre ellos era superior a todo el
mal que tantas mentiras habían producido en su corazón. Deseaba estar con ella
para siempre y también él estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier mal que
pudiera acecharles. Entonces le contó que había pasado la noche anterior
buscando una solución a sus problemas y creía haberla encontrado. Así, tomando
a Náyade de la mano, le preguntó si estaría dispuesta a renunciar a todo e irse
con él para siempre.
La anjana no tenía dudas. Quería estar junto a él más que
nada en el mundo y así se lo hizo saber. Pedro le explicó que había invocado al
poder de las hadas supremas y ellas, tras escuchar la emotiva historia de los
dos jóvenes, habían decidido ayudarles. Quizá había una manera de estar juntos
y evitar que cayese sobre ellos la maldición y era acudiendo la primera noche
de luna llena a la Gruta
del Oro, bajo el Manantial Transparente, y en el instante en que el primer rayo
de luna cayera sobre las rocas del manantial, Náyade debería posar bajo él su
varita y renunciar a su esencia como anjana para siempre. Perdería todos sus
poderes y pasaría a ser una humana como Pedro. Jamás volvería a ver a sus
compañeras, ni su hogar, y deberían irse del bosque, lo más lejos posible,
confiando en haber dejado atrás la maldición y sin tener jamás la certeza de
haberlo logrado.
Así lo hicieron la primera noche de luna llena. Náyade se
convirtió en María para no volver jamás a ser una anjana y junto con Pedro
desapareció del bosque para siempre.
Nadie sabe qué fue de ellos, si lograron librarse de la
maldición o, por el contrario, ésta les persiguió y les hizo infelices, pero cuenta
la leyenda que durante las madrugadas otoñales a veces puede verse la varita
cristalizada de Náyade en el fondo del manantial, custodiando todos los poderes
que ésta le confería y que solo podrían ser transmitidos a un descendiente
directo de Pedro y Náyade.
Anjana y su abuela habían llegado al final de su recorrido
por el bosque, al lugar donde se encontraba el secreto que la mujer quería
mostrar a la niña. Ésta, por su parte, había escuchado con la máxima atención y
sin interrumpir ni un momento toda la historia que le había ido relatando su
abuela, quien ahora le señalaba con solemnidad el punto exacto del manantial
donde según la leyenda podía verse la varita.
La niña se acercó al borde del agua y estiró su manita para
rozar la superficie del mismo con la punta de los dedos y en ese instante, el
fondo se iluminó dejando ver claramente la varita cristalizada que empezó a
desprender destellos que parecían dirigirse directamente hacia la superficie, a
los dedos de la pequeña.
Ambas, abuela y nieta, miraban maravilladas el hermoso
espectáculo que el manantial les estaba brindando. La primera, sabedora de que
se estaba produciendo un momento histórico en el bosque, algo esperado durante
años. Lágrimas de emoción, de nostalgia y de recuerdos se agolpaban en sus
ojos. Por su parte, la niña, en cuyo interior habrían de acumularse en adelante
los grandes poderes a los que en su día renunció su abuela por amor, miró a María
y entonces supo que Náyade y Pedro habían logrado esquivar la maldición, estar
juntos, formar una familia y ser felices para siempre.
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