miércoles, 29 de julio de 2015

EL REFLEJO

Hace tres o cuatro años, mientras recordaba un día mis conversaciones con el espejo cuando era niña, se me ocurrió una historia un tanto escalofriante sobre alguien que hacía lo mismo que yo, aunque de un modo bastante menos inocente y con unas consecuencias que... ¡bueno, mejor os lo narro desde el principio! Se titula "El reflejo" y me encantaría compartirlo con quien quiera leerlo. Espero que os guste.

                                      


Las cosas que hacemos a diario o con cierta frecuencia llegan a ser tan cotidianas que no les prestamos demasiada atención. Muchas acciones diarias las hacemos mecánicamente, sin pensar, hasta tal punto que después nos preguntamos de camino al trabajo si habremos cerrado bien la puerta de casa, por ejemplo, o si apagamos la olla y la retiramos antes de salir.

Rogelio Barracas tenía una costumbre desde que era niño. Se miraba al espejo y hablaba con su reflejo. Lo hacía a diario, varias veces y de un modo tan natural que a menudo no se percataba de que estaba hablando solo en voz alta, con el consiguiente riesgo de que le sorprendiesen y le tomasen por loco o, cuando menos, por un tipo raro.

Pero Rogelio no era un tipo raro y mucho menos un loco. Era un joven despistado, inteligente e introvertido a partes iguales. Recién doctorado en Derecho “cum laude” por la Universidad de Salamanca había obtenido un importante puesto laboral en uno de los mejores bufetes de Madrid. Llevaba tres años desempeñando su trabajo como abogado y estaba cada vez más implicado con la empresa, hasta el punto de que sus jefes se estaban planteando ofrecerle entrar a formar parte de la sociedad. Sabían que era uno de los mejores abogados de Madrid y que como tal le llovían las ofertas y no querían perderle.

Los días para Rogelio transcurrían rápidamente, de casa al despacho y del despacho a casa. Cada vez trabajaba más horas, cada vez disponía de menos tiempo libre, pero él no lo echaba de menos.  En los tres años que llevaba viviendo en Madrid no había hecho ninguna amistad, por lo que nunca salía de marcha. Sus compañeros de trabajo comentaban a menudo que resultaba paradójico que alguien tan introvertido hubiese elegido una profesión tan “social”, en el sentido de que precisaba de las relaciones con tanta y tan variada gente. Y más sorprendente aún era lo extremadamente bueno que resultaba ser en su trabajo.  Cada vez ganaba más dinero, aunque también cada vez tenía menos tiempo para disfrutarlo.  En realidad a Rogelio no le importaba demasiado el dinero. Estaba soltero, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido en un trágico accidente de coche cuando él tenía cuatro años. A partir de entonces se había criado con sus abuelos maternos en Salamanca, la ciudad natal de su madre. Hacía dos años que su abuela se había quedado viuda y desde entonces vivía con su hija Cristina, hermana gemela de la fallecida madre de Rogelio, y con el marido de ésta, Germán. Rogelio acudía a visitarles en vacaciones y también los fines de semana en que no tenía excesivo trabajo y se permitía descansar, que eran bastante pocos.

Si le preguntasen desde cuándo tenía la costumbre de hablar con su reflejo en los espejos, él sería incapaz de responder. No recordaba de qué manera empezó ese extraño hábito. Seguramente un profesional de la mente humana le hubiera buscado una explicación basada en el trauma que pudo suponer para él la muerte de sus padres a una edad tan temprana. Probablemente lo achacaría a que se quedó solo y necesitaba una compañía, un hermano, alguien con quien compartir sus pensamientos. Quizá fuese eso, pero Rogelio no quería buscarle una explicación. Él se sentía bien cuando le contaba sus preocupaciones o sus ilusiones a alguien que siempre le escuchaba y le entendía y además…

Además Rogelio tenía un secreto.

Siempre que hablaba con su reflejo del espejo, tenía la certeza de que no hablaba consigo mismo, sino con alguien que tenía vida propia. Rogelio había descubierto hacía mucho tiempo que su imagen ejercía una fuerte influencia sobre él. Le escuchaba, pero también le aconsejaba e incluso le rebatía, haciéndole cambiar de opinión en numerosas ocasiones. Muchas veces, cuando tenía que elegir entre varias opciones, terminaba eligiendo una que en principio descartaba. Le había sucedido siempre y se había acostumbrado a vivir de esa manera. Era como si alguien decidiese por él en cada momento. Tenía la extraña sensación de que alguien más vivía su vida por él mismo, o de ser una simple marioneta cuyos hilos movía alguien con más personalidad. Tenía la percepción de ser un simple cuerpo del que se había apoderado un alma ajena a él mismo.

Pero había más. Al principio, cuando era niño, cuando todo empezó, solo hablaba consigo mismo frente al espejo, viendo su imagen reflejada. Pero a medida que había ido creciendo, sentía que su “otro yo” le hablaba en todo momento, no solo cuando estaba frente a un espejo. Le dirigía en cada paso que daba, apoderándose cada vez más de su vida, hasta el punto de ser imprescindible en la misma.

Recordaba con claridad el acontecimiento que le cambió la vida. Fue durante su época de estudiante. Aquel día en que se quedó en blanco en mitad de un examen en bachillerato. No había tenido tiempo de estudiarse todo el temario de la asignatura y había optado por preparar bien la mitad, jugándoselo todo a una carta. El examen constaría de dos preguntas que tendría que desarrollar. Pensó que si le caían de la parte que había estudiado, obtendría una calificación alta. Pero la suerte no estuvo con él ese día y las dos preguntas que le pusieron eran de la parte que no había tocado. Pensó, resignado, que tendría que volver en septiembre a recuperar la asignatura. Ya estaba firmando el examen para entregarlo en blanco y marcharse cuando, de repente, sintió como si alguien le dictase párrafo a párrafo todo el desarrollo de las preguntas. Perplejo, empezó a escribir todo lo que le venía a la cabeza. Obtuvo la mejor nota de la clase, entregando un examen que rozaba la perfección.

A partir de ese momento, Rogelio empezó a aprovecharse de ese don que parecía haberle sido concedido. Comprobó que no necesitaba esforzarse lo más mínimo para sacar excelentes calificaciones en todas las asignaturas. Y empezó a aplicar esa habilidad en todos los aspectos de su vida. Siempre que dudaba, había “algo” que le indicaba el camino a seguir, la opción a escoger que, casualmente, siempre era la más acertada. Al principio, disfrutaba de sus éxitos académicos y profesionales. Se acostumbró fácilmente a vivir de una manera tan cómoda en la que siempre tenía la certeza de que tomase la decisión que tomase, iba a acertar. Era como jugar a las cartas con ventaja, sabiendo  dónde estaban los cuatro ases y pudiendo elegirlos en cada partida. Hablaba y reía con su reflejo en el espejo, su mejor aliado, comentando cada detalle de los casos en que salía victorioso, aumentando su autoestima y la que de él tenían los demás.

 Pero a medida que fue pasando el tiempo, empezó a sentirse cada vez más dominado por ese ser que le hacía triunfar de una manera tan fácil. No podía evitar preguntarse cómo sería su vida si no hubiese tenido esa habilidad, ese don que no sabía cómo denominarlo.

Por supuesto, Rogelio no había comentado nunca con nadie la existencia de su “otro yo”. Suponía que lo tomarían por un desequilibrado si hablaba de ello e incluso él mismo había llegado a pensar en ocasiones si su mente correspondía a la de una persona sana. A veces, cada vez con más frecuencia, Rogelio anhelaba ser una persona normal, alguien que interactuase  con los demás para algo más que para asuntos de trabajo. Un chico joven que se juntase con sus amigos para ver el partido de fútbol de su equipo favorito, por ejemplo. O que no le temblase la voz y le sudasen las manos cada vez que veía a una chica guapa e intentaba entablar conversación con ella. Alguien que se relacionase con alguien más que con una imagen de un espejo. Pero en el ámbito privado de su vida era en el único que Rogelio actuaba por sí mismo. Su aliado, su amigo, su imagen, ése que le había hecho triunfador en la vida, le abandonaba siempre a su suerte cuando trataba de relacionarse con los demás. Y no sabía qué hacer cuando era él mismo. Se sentía extraño, torpe, inseguro, absurdo… Y siempre terminaba acudiendo a su casa, a su refugio, a su espejo.

Además estaban los sueños. Un asunto que le preocupaba cada día más. Hacía ya algún tiempo que no descansaba bien, porque tenía unas pesadillas que se repetían de forma insistente, noche tras noche.

Estaba en un aeropuerto, facturando el equipaje antes de embarcar hacia no sabía dónde, pero se trataba algún viaje por motivos de trabajo. Rellenaba los impresos que le facilitaban en el mostrador para adherir a su maleta. Tras él había una cola interminable de pasajeros esperando para hacer lo mismo. En el momento en que entregaba todos los papeles y el DNI, el empleado de facturación le decía que había un error, al no coincidir el nombre escrito por él con el que figuraba en el carné de identidad. Rogelio, extrañado, volvía a leer ambas cosas comprobando que su DNI estaba a nombre de Gerardo Barracas Escobar. La foto era suya, sin duda, así como los dos apellidos y la fecha de nacimiento. Transcurría el tiempo, mientras Rogelio trataba de entender qué sucedía y discutía con el empleado. El resto de pasajeros se impacientaban, recriminándole que no terminase de hacer las gestiones. El se ponía cada vez más nervioso, sintiendo impotencia ante una situación tan absurda. ¡El sabía perfectamente que se llamaba Rogelio, no Gerardo! “Vamos a perder el avión”, insistían los demás, que esperaban para facturar su equipaje. El hombre sudaba, nervioso. Los empleados de facturación trataban de explicarle que su tarjeta de embarque no coincidía con el nombre que figuraba en su DNI, por lo que tampoco iba a poder subir al avión. “Pero es imprescindible que tome ese avión… “, insistía Rogelio, tartamudeando como siempre que se ponía nervioso. La situación se ponía tan tensa que parecía que le iba a estallar la cabeza, cuando, de repente, miraba hacia atrás en la cola y veía que uno de los pasajeros se acercaba lentamente hacia él. Su cara le resultaba conocida, muy familiar… pero hasta que no estaba a un metro de él no reparaba en que tenía su mismo rostro. Se había repetido tantas veces ese sueño que, llegado a este punto, Rogelio adivinaba lo que le iba a decir a continuación antes de que el otro abriese la boca para hablar:

“De los dos, yo era el más fuerte. No es justo que la oportunidad fuese para ti”.
Entonces, el doble de Rogelio tomaba toda la documentación, facturaba el equipaje y se alejaba con paso firme hacia la zona de embarque.

Siempre se despertaba en ese punto, sudando y con la respiración agitada. Su corazón latía a toda velocidad mientras trataba de tranquilizarse, levantándose a beber un vaso de agua. ¿Cuántas veces había soñado lo mismo? ¿Mil? ¿Dos mil? ¿Diez mil veces? Y… ¿por qué nunca variaba lo más mínimo? ¿Por qué no conseguía avanzar en ese sueño, persiguiendo a ese extraño para pedirle explicaciones? ¿Por qué se quedaba parado, incapaz de reaccionar?
El otro sueño surrealista se había repetido en menos ocasiones, y también era menos angustioso. Era mucho más corto, apenas duraba unos segundos.

Se encuentra en una fiesta, rodeado de gente desconocida. Curiosamente, esa circunstancia que en condiciones normales le haría sentirse inseguro e incómodo, en absoluto es así en el sueño. Se está divirtiendo, disfruta de la fiesta y habla con todo el mundo. En un momento determinado, una chica muy atractiva se le acerca para preguntarle algo y se presenta.

“Me llamo Lidia, encantada”. “Es realmente guapa”, piensa él. Tiene un bonito cabello negro, largo y rizado. Pero lo que más llama la atención de ella son sus ojos, verdes y tan expresivos que no necesita hablar para comunicarse. En ese momento está sonriendo con ellos. Una sonrisa que a él le parece irresistible. El sueño acababa aquí, cuando él se presenta a su vez:
“Yo soy Gerardo y el placer es todo mío. ¿Te apetece tomar algo o salir a dar una vuelta?”.

En este punto despertaba siempre y, al revés que en el otro, lo hacía con una buena sensación que cambiaba siempre en el momento en que se percataba de que se había denominado a sí mismo como “Gerardo”. Aquí pasaba a experimentar una sensación de decepción, como cuando sueñas algo muy agradable y te despiertas para encontrarte con la realidad y piensas: “qué lástima… solo era un sueño”. Pero… ¿por qué tenía que sentir esa frustración? A Rogelio le incomodaba casi más este sueño que el anterior.

Dado el carácter de nuestro protagonista, es bastante obvio que no le gustaba celebrar su cumpleaños, como no le gustaba ser el centro de atención de ninguna fiesta o evento. Pero el día que cumplía los 26 años, sus compañeros de trabajo habían decidido darle una sorpresa. En realidad se habían enterado por casualidad, días antes, de la fecha en cuestión y se habían puesto de acuerdo entre unos cuantos para organizar una pequeña reunión en un local de copas cercano a las oficinas de la compañía. Uno de ellos tenía la misión de llevarle allí con alguna excusa al salir del trabajo.  Rogelio no sospechó nada raro y, aunque estaba cansado y tenía ganas de llegar a casa, no se pudo negar a la petición de su compañero, que le aseguró que necesitaba hablar con él de un asunto que le preocupaba.

Cuando llegaron al local, el resto ya les estaba esperando. Empezaron a entonar el “cumpleaños feliz” ante la cara de perplejidad del agasajado, que no sabía si reír o salir corriendo y, aunque su primer impulso fue el de marcharse, se obligó a sí mismo a mantener la compostura. Al fin y al cabo, ellos lo habían hecho con la mejor intención, así que trataría de pasar un rato con ellos de la mejor manera posible. No quería ser descortés. Ya buscaría después una excusa para no alargar demasiado esa “fiesta”. Así que pidió una copa y trató de relajarse charlando un poco con los demás. Les confesó que no había vuelto a celebrar su cumpleaños desde que era un niño. Y pensó que, después de todo, era de agradecer el detalle que habían tenido con él. No pudo evitar emocionarse un poco cuando le pidieron que abriese su regalo, un precioso paquete envuelto en papel de regalo dorado. Volvió a agradecerles a todos su gesto y les aseguró que le encantaba el estuche de bolígrafo y pluma estilográfica que escondía el envoltorio.

Les invitó a todos a otra ronda, o a otras dos… no sabía cuánto tiempo había pasado, pero empezó a sentirse muy bien con aquel grupo de personas al que se habían incorporado algunos conocidos más. En algún momento de la fiesta, Carlos, el que había servido de señuelo para llevarle hasta allí, le dijo que le iba a presentar a una prima suya que acababa de llegar a la ciudad para hacer un master. La chica en cuestión acababa de entrar al local con otras dos compañeras de estudios. Carlos le hizo un gesto para que se acercase a ellos y mientras se acercaba, Rogelio sintió un extraño hormigueo en el estómago al tiempo en que la cara de la chica se iba haciendo más nítida a medida que se acercaba. El pelo… moreno, largo y rizoso… un cuerpo escultural…

La voz de Carlos le venía de muy lejos: “Se llama Lidia”, como en el sueño…
Cuando la chica le sonrió mirándole con aquellos ojazos verdes, que brillaban como dos estrellas y alargó la mano para estrechársela, Rogelio sintió una náusea, que contuvo a duras penas y musitando un torpe “perdón” salió disparado en dirección al cuarto de baño.
La siguiente náusea le sobrevino justo a tiempo de abrir la tapa del inodoro y vomitar en su interior. Se sentía fatal, tremendamente mareado. Un sudor frío le hacía estremecerse y tiritar. De lejos escuchaba el murmullo de las voces de la gente que se divertía en la barra del pub, pero en su interior se repetía una y otra vez la misma frase, con un sonido metálico, como si estuviese dentro de un tubo:

“Me llamo Lidia, encantada… “

Las paredes del cuarto de baño daban vueltas a su alrededor y el espacio se hacía cada vez más pequeño, aprisionándolo en su interior, provocándole una insoportable sensación de claustrofobia. Notaba que le faltaba el aire. “Es una crisis de ansiedad”, pensó, tratando de tranquilizarse.

 “Respira, Rogelio, respira profundamente y muy despacio, tranquilo, no pasa nada, estoy aquí”.

 Se sintió mejor al escucharle a él. Se aflojó los botones de la camisa, buscando ese oxígeno que le faltaba. Se acercó tambaleándose al espejo, de donde provenía esa voz tan conocida y tranquilizadora.

“Ven, mírame, tranquilo, no pasa nada, acércate, ven…”

Ya estaba frente al espejo, sobre el lavabo. Abrió el grifo y se refrescó la cara con agua fría. Levantó la mirada hacia su reflejo. Con la visión borrosa, su imagen aparecía desencajada, un rostro ojeroso, con una expresión de angustia y horror.

“Es la chica del sueño, ¿cómo es posible?”- habló en voz alta, quizá elevando demasiado el tono de voz- “Tú lo sabías, ¿verdad?... ¡no puedo más! ¿Qué me pasa? ¿Quién soy? ¿Quiénes somos?”

“Shhh… no grites, tranquilo… no pasa nada, Rogelio, tranquilízate, yo te ayudaré, como siempre que lo has necesitado. No te angusties, respira, tranquilo, tranquilo, ven, acércate más a mí… yo te explicaré, acércate, Rogelio, acércate más, ven…”

Las palmas de las manos de Rogelio se pegaron lentamente al espejo al mismo tiempo que lo hacían las de su reflejo, uniéndose a las suyas propias. Sintió el tacto frío y duro del cristal, en un principio, durante un instante, antes de percatarse de que lo que notaba ahora ya no era cristal, sino piel. Otras manos cálidas y suaves le reconfortaban, mientras que la voz de su otro yo le hablaba suavemente, meciéndole con dulzura en cada palabra.

“Te sentirás mejor aquí, detrás, conmigo. Ven, no tengas miedo, todo será muy sencillo, confía en mí como siempre lo has hecho”.

Ahora era la frente de Rogelio la que se pegaba a la frente del otro con el espejo de por medio. A medida que se aproximaban, se iba sintiendo infinitamente mejor, más calmado, como el bebé que llora desconsolado en su cuna y se tranquiliza al escuchar la voz de su madre que le habla mientras le acaricia. Durante unos segundos se recreó en esa sensación de paz mientras restregaba su rostro contra sí mismo en el espejo, dejándose llevar por esas manos que suavemente lo atraían hacia el interior del cristal…

“Un paso más, Rogelio, solo uno más y estarás en paz. Ven, avanza, entra aquí conmigo”.

Si hubiese entrado alguien en ese instante al cuarto de baño, hubiese sido testigo de la transformación de Rogelio en su reflejo mientras entraba a través del cristal del espejo con la mayor sensación de tranquilidad y paz que había experimentado en toda su vida.









EPÍLOGO

Casi veintisiete años antes, la madre de Rogelio, embarazada de seis semanas, se hizo su primera ecografía. Ésta reveló que la mujer tenía un embarazo gemelar. La noticia, que en un primer momento fue una sorpresa, enseguida les llenó de ilusión, tanto a ella como a su marido. Iba a ser su primer hijo y ahora les anunciaban que en vez de uno iban a ser dos. Pues perfecto, mejor aún. Dos gemelos, o dos gemelas… ¡qué preciosidad! Además ella misma era gemela de otra y sabía por experiencia propia la maravillosa relación que puede forjarse entre dos hermanos gemelos. El médico les recomendó no obstante que no se hicieran demasiadas ilusiones, puesto que el embarazo estaba aún en una etapa muy temprana y en un porcentaje bastante alto sucedía que uno de los embriones no llegaba a término. Les explicó que hasta las doce semanas, aproximadamente, el riesgo de aborto de uno de ellos o de los dos era bastante elevado. Por ese motivo decidieron no contárselo ni siquiera a la familia hasta más adelante.

El tiempo les enseñó que habían tomado la decisión correcta, puesto que la segunda ecografía, realizada cuatro semanas después, solo revelaba la existencia de un feto. El especialista les explicó que sucedía a menudo, que uno de los fetos, considerado el más fuerte, se nutría de todo dejando a su hermano sin la posibilidad de subsistir.

La pareja se disgustó bastante, porque aunque ya habían sido advertidos de que podía suceder,  se habían hecho a la idea de tener gemelos e incluso habían pensado los nombres, tanto si eran niños como si eran niñas. Se llamarían Ana y Alicia, como las dos abuelas, o Rogelio y Gerardo si eran niños, como los dos abuelos.

Pero ni los abuelos ni los tíos ni nadie llegó a saber nunca que Gerardo se había quedado en el camino, por ser el feto que la ciencia denomina “el más débil” en un embarazo gemelar.

Por eso, cuando Gerardo salió del espejo para hacer a la inversa el camino que antes había hecho su hermano Rogelio y acercarse a la barra del bar a tomar una copa con sus compañeros, se sintió orgulloso de sí mismo y desechó enseguida ese leve sentimiento de culpabilidad por haber decidido robarle la vida a su hermano gemelo.

“De los dos, yo era el más fuerte. Al menos mentalmente, lo era. No es justo que la oportunidad fuese para ti. Además, ya viviste 26 años, Rogelio. Ahora me tocaba a mí. Me lo debías.”

Gerardo se excusó con Carlos y Lidia, que lo esperaban algo preocupados en la barra, donde los había dejado Rogelio minutos antes.

“Esto me pasa por no salir a menudo”-dijo sonriendo- “dos copas de más y ya estoy k.o. “
“Bueno… tendrás que empezar a salir más, ¿no crees?”- dijo Lidia con su irresistible sonrisa.
“Estoy totalmente de acuerdo contigo… ¿qué tal si empezamos ahora mismo?”


                                                       







2 comentarios:

  1. Me encanta la fluidez y la sencillez con la que escribes que no te permite dejar de leerlo hasta el final, mucha suerte

    ResponderEliminar